Toda guerra cobra un alto precio al final de la jornada.
Cuando cae la noche sobre O Burgo, la adrenalina y la alerta de mi sistema nervioso se desploman bruscamente. El agotamiento me atraviesa de la cabeza a los pies con una violencia inenarrable. No es un cansancio de quien ha trabajado ocho horas en una oficina; es el desgaste celular de un hombre que lleva quince horas consecutivas evitando que su propia mente lo destruya.
Mis músculos tiemblan levemente. Siento el eco de la taquicardia desvaneciéndose, dejando tras de sí un vacío inmenso y doloroso. Caígo sobre la cama derrotado, exhalando el aire que llevaba reteniendo en el pecho sin darme cuenta.
Cierro los ojos, siento el peso cálido de Nena acomodándose cerca de mí.
La crueldad de estos siete años es real. He perdido a la persona que era. Pero mientras me quede un ápice de fuerza para amar a mi madre, acariciar a Nena y despertar otro día más, seré yo quien tenga la última palabra en esta historia.
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