La Cárcel sin Barrotes

La Cárcel sin Barrotes
Existen prisiones que no están hechas de acero ni piedra, sino de muros invisibles que respiran al ritmo de tus propios miedos. Si alguien caminara esta noche por las calles de O Burgo y alzara la vista hacia mi ventana, solo vería el resplandor de un monitor. Lo que ignoran es que esa luz tenue es el único faro en un abismo que lleva siete años tragándose mi existencia. Mi nombre es Rubén. Tengo 45 años, pero mi alma y mis huesos han envejecido décadas en el lapso de un parpadeo. A los 38 años crucé un umbral oscuro del que aún no he logrado salir. Durante mucho tiempo me pregunté adónde había ido el hombre que fui. Pero hoy sé algo que antes no sabía: no me he evaporado. Estoy aquí, enterrado bajo escombros emocionales y químicos, luchando una guerra silenciosa de proporciones épicas que la sociedad prefiere no mirar. Levantarme de la cama cada mañana es mi mayor acto de rebeldía.

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