El misterio más perturbador de la depresión crónica es cómo secuestra tu propia historia.
No es simplemente sentirse triste; es un sabotaje interno meticuloso. El cerebro, exhausto y en alerta máxima constante, levanta trincheras neurológicas que te impiden acceder a cualquier recuerdo luminoso. Es un filtro gris denso, casi palpable, que tiñe cada imagen del pasado convenciéndote de que siempre hizo frío.
La añoranza de aquel Rubén sano de hace siete años me atraviesa como un cuchillo en mis peores noches. El contraste es tan violento que mi mente a menudo procesa esa etapa anterior como si fuera la vida de otra persona.
Sin embargo, esa misma punzada de dolor por el hombre que fui es mi prueba de vida. Quien se rinde ante la niebla deja de hacerse preguntas. El hecho de que yo todavía sienta rabia demuestra que mi núcleo sigue intacto bajo las capas de sufrimiento.
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