El Despertar Químico

El Despertar Químico
Para mí, la palabra “mañana” no guarda ninguna esperanza poética. Mi día no comienza con la luz del sol; mi día me aplasta antes de que pueda desperezarme. Yo no despierto, yo emerjo lentamente de un letargo inducido. La misma medicación que ejerce de salvavidas para evitar que me ahogue en la angustia, se convierte en un ancla de plomo que me encadena al colchón. La primera sensación siempre es física: la boca seca como el desierto, un sabor metálico persistente, y un cuerpo que se niega a obedecer las órdenes de un cerebro embotado. Obligarme a incorporar el torso requiere una concentración y un gasto de energía equiparables a los de un atleta extremo. Este cansancio no se cura durmiendo. Es una fatiga crónica del alma, la factura de mantener a raya a mis propios demonios durante toda la noche.

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